Millones de socios, pero ¿quién escucha a las cooperativas?

Cuando los bancos hablan de tasas de interés, crédito, crecimiento o perspectivas económicas, los escuchamos. Sus presidentes y directivos aparecen en medios, participan en los grandes foros y tienen interlocución permanente con autoridades.

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Enrique Rivera

9/14/20265 min read

Millones de socios, pero ¿quién escucha a las cooperativas?

Hay una parte del sistema financiero mexicano que parece tener un problema de volumen. No de dinero; no de personas; no de presencia territorial, si no de volumen de voz.

Cuando los bancos hablan de tasas de interés, crédito, crecimiento o perspectivas económicas, los escuchamos. Sus presidentes y directivos aparecen en medios, participan en los grandes foros y tienen interlocución permanente con autoridades.

Cuando las fintech hablan de innovación, transformación digital o inteligencia artificial, también encuentran reflectores.

Pero existe otro sector que lleva décadas haciendo algo fundamental para México: acercar servicios financieros a comunidades y personas que históricamente no siempre han sido atendidas por la banca tradicional. Son las cooperativas de ahorro y préstamo.

La Comisión Nacional Bancaria y de Valores define a las Sociedades Cooperativas de Ahorro y Préstamo —las SOCAP— como intermediarios financieros sin fines de lucro que forman parte del sistema financiero mexicano y cuyo objetivo es realizar operaciones de ahorro y préstamo entre sus socios.

Más importante todavía: la propia autoridad establece que uno de sus principales propósitos es contribuir a la inclusión financiera de las comunidades donde operan. No estamos hablando entonces de un modelo financiero marginal. Estamos hablando de una pieza del sistema financiero nacional.

En las estadísticas de inclusión financiera de la CNBV, las Entidades de Ahorro y Crédito Popular, categoría que agrupa a SOCAP y SOFIPO, registraban 43 millones 310 mil 704 cuentas de captación al segundo trimestre de 2025.

Sí: más de 43 millones de cuentas. Representaban alrededor del 22% de las 195.6 millones de cuentas de captación consideradas por la CNBV entre banca y entidades de ahorro y crédito popular.

Las mismas entidades populares registraban 15 millones 721 mil 095 contratos de crédito. Eso representaba aproximadamente 18% de los 85.4 millones de contratos de crédito contabilizados entre esos sectores financieros.

Es importante hacer una precisión: esas dos cifras incluyen conjuntamente SOCAP y SOFIPO. Pero lejos de debilitar el argumento, nos ayuda a entender algo mucho más importante: el sistema financiero popular mexicano tiene una dimensión que difícilmente puede seguir siendo considerada secundaria.

La propia CNBV señala que el Sector de Ahorro y Crédito Popular lleva más de 60 años atendiendo la demanda de ahorro y crédito de segmentos de población que no son cubiertos por la banca tradicional, especialmente personas de ingresos medios y bajos.

Eso significa que mientras hoy discutimos conceptos como nearshoring, fintech, inteligencia artificial, banca digital e inclusión financiera, existe un modelo que lleva décadas haciendo inclusión desde abajo. Desde las comunidades, desde las familias, desde el pequeño comercio, desde el ahorro popular. Ahí donde otros ven un mercado, las cooperativas aprendieron a ver una comunidad.

México cerró 2025 con 34.7 billones de pesos de ahorro financiero total, equivalentes al 95.6% del Producto Interno Bruto. El financiamiento total alcanzó 36.7 billones de pesos, equivalente al 101.1% del PIB; es decir, estamos hablando de un gigantesco ecosistema financiero.

La discusión entonces no debería limitarse a cuánto dinero existe dentro del sistema. También deberíamos preguntarnos: ¿Quién consigue que ese sistema llegue realmente a las personas?

Porque inclusión financiera no significa únicamente abrir una cuenta. Significa tener acceso, utilizar servicios, conseguir financiamiento, poder ahorrar, tener infraestructura cercana y hacerlo dentro de instituciones formales y reguladas.

Las bases de la CNBV permiten medir precisamente eso hasta nivel estatal y municipal: sucursales, corresponsales, cajeros automáticos, terminales punto de venta, banca móvil, cuentas de captación, contratos de crédito e incluso brechas de género.

Considerando conjuntamente la infraestructura de banca múltiple, banca de desarrollo, SOCAP y SOFIPO, la cobertura financiera alcanza al 81% de los municipios con muy alto rezago social, donde vive 96% de la población adulta de ese grupo de municipios.

En los municipios con rezago alto, la cobertura llega al 78% de los municipios y al 96% de su población adulta; es decir, la batalla por la inclusión financiera se está librando precisamente en los territorios donde más difícil resulta llevar servicios financieros. Y ahí las cooperativas tienen algo que aportar.

Porque detrás de las estadísticas hay personas; y existe una diferencia fundamental en el modelo: no son únicamente clientes. Son socios.

Ahora, entonces aparece la pregunta que da título a esta columna: Si representan a millones de mexicanos, ¿quién escucha a las cooperativas?

Cuando México habla de inclusión financiera, las cooperativas deberían estar en la mesa; cuando hablamos de financiamiento para pequeñas empresas, deberían estar. Cuando discutimos desarrollo regional, deberían estar. Cuando hablamos de ahorro popular, también. Cuando analizamos remesas, educación financiera, mujeres, jóvenes y comunidades rurales, su experiencia debería escucharse.

Y cuando autoridades y legisladores diseñan las reglas que determinarán el futuro del sistema financiero mexicano, la voz del cooperativismo debería tener un peso proporcional a su presencia social y económica.

No se trata de pedir privilegios. Se trata de representatividad.

El cooperativismo necesita salir del cooperativismo; tiene que entrar con mayor fuerza a las universidades, a los medios, a las conversaciones empresariales, a los congresos legislativos, a las mesas regulatorias, a las redes sociales y especialmente a la conversación de las nuevas generaciones.

Hoy la CNBV ya contabiliza más de 107 millones de cuentas ligadas al celular dentro del universo financiero que mide; ese dato debería encender todas las alertas. El futuro financiero será cada vez más digital.

Las nuevas generaciones exigirán aplicaciones, transferencias inmediatas, servicios las 24 horas, ciberseguridad, procesos sencillos y herramientas basadas en inteligencia artificial. Por eso el cooperativismo tiene frente a sí una paradoja extraordinaria: tiene que transformarse para poder seguir siendo lo mismo.

Digitalizarse sin deshumanizarse; competir sin abandonar la cooperación; utilizar inteligencia artificial sin perder inteligencia comunitaria; crecer sin comprometer su solidez y sobre todo, atraer jóvenes sin olvidar a quienes construyeron sus instituciones.

Así como utilizar tecnología sin perder aquello que probablemente representa su mayor ventaja competitiva: la confianza.

Hace unos días escribí en este mismo espacio que el dinero también puede tener rostro. Hoy agregaría algo: También necesita tener voz. Pero suficientemente fuerte para hacerse escuchar cuando México discuta el futuro de su sistema financiero.

Quizá entonces el problema nunca fue su tamaño. El problema es que México todavía no dimensiona ese tamaño. Y ese podría ser el siguiente gran desafío del movimiento cooperativo: No demostrar que existe, no explicar solamente qué hace. Sino conseguir que periodistas, empresarios, legisladores, autoridades y sociedad comprendan cuánto representa.

Porque cuando un sector tiene presencia, recursos y millones de personas detrás, debería tener también capacidad para participar en las grandes decisiones.

Las cooperativas ya tienen peso.

Ahora necesitan convertir ese peso en voz.

Y conseguir que cuando hablen, México las escuche.